jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad

Ayer hablando con una buena amiga me di cuenta de algo que puede parecer muy simple pero no por ello tiene menos fuerza, al contrario, creo que la simplicidad de lo que me gustaría contarte hoy es la clave de lo que me pasó ayer con ella.

No fue tanto lo que me dijo sino cómo lo dijo y el efecto que tuvo en ambas. Y quería compartirlo también contigo para trasladarte a ese lugar sin tiempo ni espacio que todos merecemos experimentar. No es algo que uno vea cada día. Y en realidad es el motivo por el que nos levantamos todos los días. Nuestro motor de vida. Es así de simple: me abrió el corazón.

No fueron sus palabras, ni siquiera sus gestos, que podrían haber sido otras u otros. Porque el amor no está en las cosas sino en nosotros, que podemos expresarlo de infinitas formas.

Fue su actitud, su forma de transmitir aquel mensaje. Me pareció fascinante. Porque en algo tan sencillo pude reconocer a la persona detrás de todas esas capas distractoras que nos protegen en nuestro día a día. Pude mirarla a los ojos y verle el alma. Y lo mejor es que abriéndome su alma, sentí que abría la mía.

Así de bello puede ser el encuentro con el otro. Ya que cuando nos abrimos causamos ese efecto, damos coraje al otro para hacer lo mismo. Y ya no son dos pantallas protectoras enviándose mensajes distorsionantes, sino un alma mirando a otra. Sin juicios. Sobran las palabras.

Te animo pues a transmitir ese amor que todos llevamos dentro y nos empeñamos en ocultar a los ojos del mundo. Sin buscarlo, sin pretenderlo, sin forzarlo. Porque sí. Sólo si lo sientes. Sin esperar necesariamente algo del otro, dátelo a ti mismo, concédetelo. Ensánchate, ábrete. No te cierres, ¡estás vivo! Simplemente no escondas lo que te hace grande. No porque sean unas fechas u otras.

Por eso, en el fondo, me encanta la Navidad. Porque uno puede usarla para dar aquello en lo que solemos ser tan perezosos el resto del año. No es más que una excusa para celebrar el amor.

Qué absurdo en realidad. Cuánta autocondena. Pero sin miedo no habría valientes. El miedo desaparecerá con el tiempo. Y entonces sólo nos quedará si dimos lo mejor que tenemos a pesar del miedo, que es pasajero. Lo que queda es el amor. No el miedo.

Lo que no quiero que me quede al cabo del tiempo es la sensación de haber amado poco, mucho menos de lo que podía. Fíjate todo lo que puedes conseguir con algo que parece tan nimio, cuánto coraje te dará algo tan pequeño. Son esas pequeñas cosas las que permanecen. 

Por eso, si encuentras el momento, sea el que sea, en Navidad o cualquier otro día del año, para transmitir ese bien abundante pero que nos empeñamos en hacer escaso, es posible que se acabe multiplicando. Y ya no sea una emoción pasajera sino mil emociones que se gravan en el recuerdo al verte reflejado en los ojos de la persona que tienes delante y ella en los de otra y otra en los de otra... Que lo disfrutes! Feliz Navidad.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

Gracias

Hoy cambio a este formato por primera vez desde el breve comentario de la primera entrada. A raíz de un email y una serie de experiencias que he tenido últimamente, he sentido la necesidad de comunicarme de una forma distinta esta vez. Espero dar respuesta a ella en esta entrada y entablar una mejor conversación contigo, dándote un poco más de mí, darte las gracias y contarte mejor por qué hago esto.


Empecé a escribir a los 15 años, cuando mi tutora y profesora de castellano en el instituto al que me cambié en 4º de ESO, me alentó a hacerlo. Era un momento difícil para mí, me había vuelto tan desconfiada que apenas me relacionaba y supongo que el que alabara mis redacciones sobre El guardián entre el centeno de Salinger me hizo empezar, crear un refugio en el que me sentía fuerte. Con el tiempo, la escritura se volvió para mi casi una necesidad. No sólo era el área de mi vida que más me llenaba, en la que me sentía completamente libre para ser yo, en la que podía abocar toda mi locura, sin reglas, sino que yo diría que algunas veces me curaba de tal forma que literalmente me salvó la vida.

Cuando inicié este blog en junio de 2011 (a los 21), hace tres años y medio, no sabía a dónde me llevaría. El caso es que no hago esto porque espere algún tipo de reconocimiento, al revés, justamente comencé un poco porque, después de superar una fobia social por mi cuenta, ya no esperaba nada de nadie. A principios de la universidad, había enviado algunos poemas a concursos. Nunca gané nada, sólo quedé finalista en uno de poesía corta de la UPC en 2009, en el que tuve que leer un poema muy personal delante de bastantes personas poco antes de los detonantes que desencadenaron mi fobia. Pero después de ponerle punto y final escribiendo un trabajo también muy personal (trato de poner tanto como puedo de mí en las cosas que me importan) para una clase sobre Antonin Artaud, dejé de intentar escribir para nadie y hacerlo sólo si salía de la necesidad, si ardía por dentro. No he publicado con regularidad ni siguiendo ningún canon pero estoy orgullosa de poder decir que cada poema de este blog está escrito con sangre.

“Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad” Rilke. Cartas a un joven poeta


Desde entonces, me han pasado muchas cosas, no ha sido fácil pero me he hecho mujer mientras publicaba aquí, he crecido escribiendo. He aprendido a escoger amar y aprender, por encima de la seguridad y lo cómodo, a actuar desde el corazón tanto como desde la cabeza, a no hacer las cosas si no las siento, a hacerlas cuando las siento, por mucho que me cueste, a ser valiente, a ir a contracorriente. Este blog me ha acompañado en algunos momentos importantes de mi vida: mi primer beso, mi primera vez, algunas rupturas... Me ha hecho inventar una salida cuando no la encontraba, cuando la emoción me ahogaba, procesar sentimientos que no identificaba, decir adiós, olvidar (un verdadero reto para mí), cerrar etapas para abrir otras nuevas (antes me resultaba un misterio), empezar de nuevo, volver a sentir...

“No se nace mujer, llega una a serlo” Simone de Beauvoir


En estos 10 años escribiendo he conocido a muchas personas significativas. Sólo por nombrar algunas a las que me gustaría dar las gracias especialmente: Estel·la Serrano, Marina Lluís, Laura Prats, Mònica González, Efrem Gordillo, Miguel Fuensalida, Aleix Mercadé, Lluna Nerín, Xavi Lindes, David Fermiñán, David Verdú, Xavier Boillos, Maria Rosdevall, David Martí, Albert Serra, Isabel Molina, Joan Tort, Artur Martí, Ferran Berenguer, Joan Manel Martín, Xavier Verdaguer, Manolo López, Humberto Fernández, Pilar Yagüe, Pepe Martín, Omar de la Fuente, Josep Morell, Pilar Simó, Albert Àvila, Lídia Martínez, Santiago L. Petit, Ivo Güell, Jordi Pallarès, Mar Morelló, Clara Cortadelles, Oriol Juanpere.

No merezco nada, no creo en el merecimiento. Pienso que la única persona que tiene el poder de decirte quién eres, eres tú mismo. Esta idea fue clave para mi, me liberó en muchos sentidos. Y todavía lo hace, cuando lo olvido y me lo recuerdo. Incluso cuando creemos que son los demás los que nos definen, nos elevan o nos dañan, somos nosotros quienes les damos permiso para hacernos sentir así, los que nos lo creemos. La culpa es algo que nos pertenece, de lo que somos responsables. Manejamos el sufrimiento hasta el punto de poder decidir cómo vamos a vivir (“el dolor es inevitable…”). Tan importante es aprender a separar lo que nos pasa de cómo lo vivimos, qué interpretación le damos. Para mí, pues, este blog significa que yo decido cómo vivo mi vida. Y ahí el merecimiento no tiene cabida. Ni la culpa. Ni la moral.

Soy consciente que vivimos en un mundo en el que te van a juzgar, te guste o no, cada día de tu vida, por cada palabra, cada gesto, cada estupidez que salga de ti. Te van a condenar. Ahora, esa condena te pertenece, lo que hagas con ella es cosa tuya. Tú eliges. Y no trato de esconderme con mis poemas, de buscar algún tipo de oscura redención por parte del mundo. Al contrario, trato de liberarme de esa debilidad humana, de traspasar los límites mundanos, la incomunicación y la falta de palabras, de ser valiente, de dejar de esconder lo que siento, de curar lo que de otra forma encerraría hasta que me matara por dentro.

Además de la esperanza de dejar algo que me suceda, traspasar lo poco que soy, comunicarme, expresarme con total libertad, escapar de las normas, rebelarme, conectar conmigo misma, encontrarme contigo. Porque creo que justamente en esto en lo que nos sentimos más solos es en lo que más compartimos, lo que más nos une, lo más humano: nuestra fragilidad, nuestro miedo, nuestro deseo, nuestras esperanzas. Que, paradójicamente, como expresaba Artaud con el concepto de impoder, es aquello que nos hace más fuertes: el poder de no tener poder.

El arte, para mí, es eso. Convertir la muerte en vida. Resucitar a los muertos. Reescribir el pasado para poder cambiarlo. Coger lo que murió dentro de mí y darle expresión para que vuelva a la vida en forma de palabras. Aprender a jugar. Recordarlo, porque ya sabíamos y lo olvidamos. Es un regreso. Ir más allá de lo que, de otra forma, sería rencor y pesadilla, alzar el vuelo sobre lo que nos pudre por dentro y dejarlo atrás. Poder mirar hacia adelante.

Y quiero creer que hay algo en esa motivación, en esa alquimia, que no es sólo personal. Tengo la esperanza de no hablar sólo por mí, no decir sólo lo que a mi me quedó por decir, sino también lo que a ti te arde por dentro, lo que te está destrozando, matándote poco a poco. Quiero liberarme y liberarte. Quizás ese objetivo es más ambicioso. Pero con que pueda llegar a una sola persona, me doy por satisfecha, mi paso habrá valido la pena. Y eso es, para mi, la vida. Poder darnos, al menos, eso. De lo más profundo, lo que no muere. Eso que es genuino, que viene del alma. Que es totalmente gratuito, que no tiene condición ni permiso, que no se posee, que no se ata a nada, que crece cuando se da, cuando se comparte. Creo que lo llaman amor. Pero amor de verdad. No el que se aferra, sino el que no espera, no calcula. La esperanza que no está sujeta a expectativas, por humanas que sean.

Esa ambición tengo, la de ir un poquito más allá. Salir a tu encuentro. Darte lo mejor de mi. Abrir mi alma sin miedo para iniciar un diálogo, aunque sea con el universo, aunque las respuestas no se vean, aunque lo que reciba no se pueda tocar (porque eso no quiere decir que no sea mucho, muchísimo. Porque realmente he aprendido a no necesitar demasiado de los demás. A la fuerza.) Hablar contigo cuando estoy arriba y sobretodo cuando estoy abajo. Porque ahí es donde me siento fuerte, en ese proceso de transformación de la muerte en vida, de lo que no dices pero te mata en arte. Ese es mi regalo. Lo que puedo aportar, mi granito de arena. Y quiero aprender a comunicarlo mejor día a día si puedo. Por eso tengo nuevos proyectos.

Voy a empezar otro blog, que estoy definiendo un poco más cada día, desde el que hacer todo esto de una forma más directa a la larga. Pero mantendré éste en paralelo.

Así que, aunque para mi esto no deja de ser algo muy personal, que ya vale la pena desde el momento en que me lo saco de dentro, que hago en un principio para salir renacida, transformada, de cada pozo en el que me hundo; espero que cuando estés ahí abajo, en momentos que no sean fáciles, nos encontremos para poder cogerte de la mano y remontar juntos. Esa es mi propuesta. Te propongo empezar este camino sabiendo que cuando termine ya no seremos los mismos, nos habremos transformado, habremos renacido.



Porque la vida de la que hablo no es mera supervivencia. No es la opción más segura, ni siquiera te ofrezco una opción. Sería maravilloso si solamente te contagiaras de mis ganas de vivir. Ser otro siendo tú mismo. Porque no deja de ser un camino de vuelta, un camino a casa: a toda la inocencia que dejaste por el camino, sacarte de encima lo que te corrompe, lo que te rompe cuando más vulnerable te sientes. Crecer justamente volviendo a tu ser, a tu esencia, a lo que sientes de verdad, con toda el alma, pero dejaste atrás, encerraste para limitarte a sobrevivir. Esa no es tu vida, es la que has cedido a tu miedo, que te está devorando.

Pero el miedo no es el malo de la película, es, por el contrario, la bendición que te señala el camino hacia lo mejor de la vida. No creo que existan “los malos” ni “los buenos”, como tampoco “el amor de tu vida” o “el trabajo de tu vida”, todo se basa más bien, pienso yo, en las decisiones que, para ti, tengan sentido, en la vida que seas capaz de crear de dentro hacia fuera: es tu elección, está en tus manos. Tú eres el autor de tu miedo, de tu sufrimiento, de tu fuerza y de tu felicidad, de tu vida.

Nuestras circunstancias no son más que detonantes de toda esa vida interior, que estaba esperando que le dieras la oportunidad de salir, que estaba muriéndose por expresarse, que pugna por entregarse, más allá del ego, cuyo papel es finito. El inicio de algo mucho mayor, que le precede y le sucederá.

Porque la misma vida, la de verdad, se crea, se decide, es puro arte.

Quiero enseñarte a renacer, a destruir lo que te está matando por dentro convirtiéndolo en motor para proyectarte hacia donde realmente quieres ir, para que puedas cumplir con tu misión, tu propósito de vida. Hacer lo que has venido a hacer. Crear el sentido de tu vida, activamente, en lugar de pasarte la vida esperando. ¿Te atreves?



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