lunes, 13 de abril de 2015

Frágil

Desde el principio escribir aquí ha conllevado una promesa honda conmigo misma: la de publicar sólo la verdad. Entendida como lo que hace que mi alma arda en algún sentido, lo que me hace frágil, vulnerable. Porque eso es lo mejor que tengo para darte. Con la esperanza de que si alguien lo leyera, sólo recibiera lo que esa persona pudiera decidir usar como detonante vital. En cualquier sentido. Y aquí entra la interpretación de cada uno. La responsabilidad es algo muy vasto, ampliamente discutible. Pero, por mucho que se pueda hablar, uno siente dentro cuando se está fallando y cuando algo es acertado. Y es algo muy íntimo. Por eso, cuando tengo un momento de honestidad, antes de que se escape, me apetece compartir mis dudas, mis miedos, mis esperanzas, mi amor aquí. En forma de poema, por supuesto. Va por la persona que más me ha enseñado a amar en esta vida, a dar, y, por extensión, gracias a él, a todas las demás que llevo dentro:

Cuando me diste la mano
lo debí adivinar porque ahora
al cabo de los años la recuerdo
todavía, conexión que rasca
los cielos profundos de la sangre,
más que un padre, más que familia,
lazos de los que estiran el corazón
cuando lo puebla la distancia,
mundos separados, ni un minuto de pausa
pero llevarte dentro, en cada paso,
inexplicable la fuerza, el temblor
indetectable en medio de lo cotidiano,
detallado, olvidable, dejar
que te marque, no poder evitarlo,
generosidad irretornable, constante,
y vivir el dolor con alegría
y la alegría con amor, dejar que venga,
recibir la vida como el primer día,
abrir los ojos a la luz que ciega
y no dar más paso al que no lo vea,
si el rastro es obvio, si me quema,
dejar la puerta abierta a pesar del aire,
con la porquería, que se cuela,
entre los dientes, la vergüenza,
la entereza, como caminantes
sin casa, sin fortaleza, andar
mirando desde atrás a lo expandido
por el espacio en el tiempo, confundido,
aprisionado, volatilizado, enraizado,
quebrado, dulce, inatrapable,
fresco, terso, verdadero.